domingo, 17 de enero de 2016

4. Fin del día

Pandora recogió sus cosas lo más rápido que pudo, dejando a Tania atrás, e intentando escabullirse por la puerta tan mala suerte de toparse con el chico de ojos de cachorrito abandonado. En un rincón de la mente de Panda, sabía que pasaría. Si algo podía salir mal, saldría mal; y esta era una lección de vida que muy bien había aprendido. No había escapatoria, sus ojos se encontraron y observaron, provocando que la tensión se pudiese cortar con una moto-sierra.
_ Hola. _murmuró él, tímido, como siempre.
Pandora esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa y se dirigió hacia el aula A.13 como un torbellino, dejando al chico a su espalda con palabras en los labios. Tania iba detrás de su amiga lo más rápido que podía, sin olvidar escanear con los ojos al muchacho de iris oscuros.
Tania tenía muchas cosas buenas, pero disimular no era su fuerte. El muchacho, al ver a la pelirroja parada a unos metros, mirándolo fijamente, se sonrojó, dibujando en la boca de la chica una sonrisa. Era la primera vez que Tania conseguía sorprender (y puede que intimidar) a una persona del sexo opuesto; normalmente ese papel era de Pandora. 
_ Tía, ¿quién es ese? _dijo, con voz picante al alcanzar a su amiga.
_ No sé. _contestó ella secantemente.
_ No lo he visto nunca. ¿Será nuevo?
_ Sí. Me lo encontré esta mañana.
_ ¿Has visto los ojos que tiene? Son super bonitos y encima me ha sonreído. ¿Tú de dónde crees que es? _cuando de los labios de Tania salieron esas tres frases, Pandora desconectó su mente. No quería pensar en nada y menos en las dudas de su amiga respecto a un chico con la mirada demasiado melancólica como para ser olvidada. Pandora no sabía por qué esos ojos la habían impactado tanto; tal vez sintiese comprensión hacia él, quizás ella tuviese esa misma expresión tan triste. Tanto ignoró a su amiga que no se percató que en sus palabras había escondido algo más que curiosidad.

Afortunadamente, Panda y el chico no se volvieron a ver el resto del día, cosa que ella agradecía ya que él tenía la capacidad de incomodarla. Ese talento era poco común, haciendo que se sintiera completamente insegura. Tal vez fuese que no supiera su historia y que, para él, solo era una chica más; no aquella que tenía problemas en casa, un padre ausente, una madre depresiva y un hermano fugado.


Como cada lunes, al llegar a casa, cenó las sobras de la comida sin dirigir una palabra a sus padres, utilizando su mirada como arma de doble filo. Hacía más de medio año que los torturaba con su silencio.
Ya en su cuarto, se quedó tumbada en su cama mirando al techo. Era otro día de mierda en el que necesitaba despejarse. Cogió el móvil, mandó algunos mensajes, hizo algunas llamadas, e voilà, ya tenía plan para esa noche.
A la medianoche, se vistió con su falda negra de cuero favorita. Se maquilló y rellenó su cama de cojines por si a alguno de sus padres le apetecía ver cómo dormía la silueta de su dulce hijita (cosa que nunca sucedía). Era un truco realmente patético pero siempre la tranquilizaba. 

miércoles, 6 de enero de 2016

3. Tania

Aunque fuese sorprendente, Pandora se sentía culpable por haber abandonado a ese pobre chico. Era una sensación nueva para ella, hacía mucho que no sentía ningún tipo de empatía por nadie. Ya sentada en su pupitre, la duda de si el joven habría llegado a su clase la torturaba por culpa de aquellos ojos de perrito abandonado que habían ablandado su corazón de hierro.
La asignatura empezó e intentó buscar una manera de apartar esos pensamientos, por lo que se puso hablar con su mejor amiga Tania. Ella, pelirroja gracias a los tintes baratos del supermercado, escuchaba atenta las escasas palabras que decía Pandora con admiración y cierto temor. Ella respondía quejándose de lo aburrida que era su vida en comparación. Por ello, Pandora la envidiaba en secreto. Había deseado tantas veces tener una vida aburrida que en ocasiones odiaba a su mejor amiga.
Su relación era atípica. Pandora se comía el mundo por los pies sin quererlo y Tania quería, pero nunca le daban una mínima oportunidad para hacerlo. Su amistad empezó en la escuela, cuando la joven pelirroja, que por entonces tenía el pelo marrón, sufría el acoso de sus compañeros por tener una sonrisa de metal y los dientes descolocados. Pese a no tener más de once años, Pandora levantaba pasiones entre sus compañeros y, consciente de su poder, en una pelea defendió a la joven Tania, a la que nunca más volvieron a molestar. Desde entonces fueron inseparables. Cada una buscaba en la otra lo que más ansiaba, la paz de no tener que ser perfecta que necesitaba Panda, y el poder de casi serlo que deseaba Tania. Sus inseguridades las hacían amigas, y el tiempo las hizo uña y carne.

A mitad de la clase, llamaron a la puerta. La chica de ojos grisáceos sintió una extraña sensación, como si de una premonición se tratara y de su boca salió un susurrado oh-oh.
La puerta la abrió uno de los profesores que ella más odiaba, que casualmente era el director, y llamó con el dedo al tutor de su clase. Ambos murmuraron fuera, para que el director dijera: 
_Chicos, vuestros compañeros del aula A.13 tienen un problema con el proyector y, como vosotros no lo estáis usando, vamos a intercambiar la clase, ¿de acuerdo?

¿A. 13? Pandora recordó la clase del muchacho de ojos negros quedándose petrificada por un segundo. Tenía que recobrar la calma, solo era una casualidad pero la idea de volver a verle le resultaba tan chocante como poco agradable.
_Panda, ¿qué pasa? _murmuró Tania al ver la cara de poker de su amiga.
Aquella noticia era común teniendo en cuenta la antigüedad de los aparatos electrónicos del instituto. Cambiar de clase por culpa del proyector pasaba cada dos por tres, el problema era a quién se encontraría en el pasillo.
_ ¡Pandora!_ dijo la pelirroja en un tono de voz más alto mientras movía su mano delante de los ojos perdidos de la interlocutora ausente.
_Sí, sí, _respondió ella despistada, despertando de su ensoñación y empezando a recoger sus cosas.

Tania se extrañó por tal comportamiento pero se resignó encogiéndose de hombros. No era raro que Pandora la sorprendiera incluso con el más mínimo detalle.
Sin embargo, la que estaba realmente sorprendida era Panda. Sentía que no controlaba aquella situación y encontrarse cara a cara con la culpa de haber abandonado al muchacho no le hacía demasiada gracia.